sep 24

La opinión de un andaluz culé

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Cuando el choque de trenes nos aplasta a todos.

   Dicen que desde aquí, al sur de Despeñaperros, poco tiene que ver nuestra percepción con la auténtica realidad de lo que ocurra en Cataluña. Quizá se les haya olvidado a algunos la importancia de la ascendencia andaluza por aquellas tierras, incluida la sangre de muchos de los políticos que ahora salen a la calle con ojos ensangrentados de ira intentando contener un odio que no es entendible, y que sólo puede ser fruto de un adoctrinamiento más típico de más allá del antiguo telón de acero que de la sociedad de este siglo. Al menos, es lo que parece.

Así que este andaluz se siente con el derecho a opinar, por la familia que todavía tiene allí, por los amigos que se marcharon a trabajar a Cataluña, y por las veces que la visitó y quedó prendado de ella, por sus pueblos, por sus gentes. Y opinaré sabiendo de antemano que muchos allí nos tildan como analfabetos y vagos, como cierrabares y mantenidos por ellos, por su dinero. Extraña reflexión cuando la mayoría de los negocios que sobreviven allí, bares, restaurantes, hoteles y pequeñas empresas fueron fundadas por esos mismos vagos. Vuestro dinero no está aquí, dejad de buscarlo, vuestro dinero está en Andorra. Si no, pregúntenle a Pujol. En fin, que vamos a lo que nos toca.

La primera palabra que me viene a la cabeza es “Democracia”. Este término está sufriendo sin querer, y de forma inesperada, un giro de muchos grados en su significado. Obviamente, identificar esa democracia originada en la antigua Grecia con los modelos actuales de Estado se antoja un tanto complicado, aunque el fondo sea el mismo. “El poder del pueblo”, decían. Un pueblo que poco a poco se ha ido acomodando, surgiendo sólo cada cuatro años más o menos para elegir a los poderes públicos, no porque su protagonismo no pueda ser mayor, sino porque tampoco conviene demasiado, no sea que al pueblo se le suba a la cabeza eso de disponer. Hay paises en los que cualquier novedad, por muy pequeña que sea y que suponga un cambio normativo, se ofrece en forma de primer plato a la gente para que añada sal al gusto. Aquí, en España, no somos de votar demasiado, aunque ese tema es otro camino empedrado que tampoco conviene recorrer ahora. El problema de España es que hemos dado por hecho que aquellos que nos representan, los políticos, gozan todos de plena capacidad para hacerlo, como damos por hecho que la gente no arrojará las colillas y las cáscaras de las pipas a la arena de la playa. Y el tiempo nos ha demostrado que ni de lejos. Porque hay políticos que se olvidan de representar a todos los que viven en una comunidad autónoma, no sólo a la camarilla de turno que pacta con radicales antisistema cuya visión de democracia está codificada como el antiguo canal plus, y que sólo persiguen lograr sus objetivos (sobre todo hacer ruido) llevándose por delante a quien proceda. Los que me conocen saben que Rajoy no es santo de mi devoción, pero el papelón que le queda al pobre hombre parece digno de una cefalea nocturna de narices. Aunque siempre puede aprender de esto que las cosas no se arreglan solas.

Soy andaluz, y culé, y me da mucha pena todo lo que está pasando en Cataluña, porque da la impresión de que ya no hay marcha atrás, que está todo decidido, y que la mayoría de catalanes (más de la mitad) que no quieren la independencia tendrán sólo dos opciones, o abandonar su tierra para continuar siendo españoles, o cambiarse de un plumazo su DNI, su moneda, su himno, su bandera. Porque que no nos engañen, todo eso cambiará, no vale inventarse leyes coloniales u organismos internacionales que los apoyen, inculcando con calzador la idea equivocada o tergiversada de que el euro seguirá existiendo en la República de Cataluña simplemente porque ellos lo digan, o que las subvenciones de Europa continuarán. Eso es trampa. Eso no es cierto. Y eso es peligroso, intentar recorrer esta senda de la mano de gente cuyo interés no es ni la república, ni la independencia, sino simplemente ser protagonistas dando igual la manera, ya sea rompiendo escaparates, ya sea con caceloradas nocturnas que dan vergüenza ajena, ya sea pisoteando los vehículos cuyos ocupantes les hubieran salvado la vida hace muy poquito de haberlos dejado. Que yo recuerde no vi a ninguno de esos elementos pisotear ni romper los cristales de una furgoneta blanca que venía del mismo infierno y que arrasó Las Ramblas. No, seguramente salieron corriendo y se acurrucaron en la primera esquina, como es lógico (yo hubiera hecho lo mismo). Qué valientes nos volvemos cuando somos doscientos contra ocho y nos sentimos protegidos por políticos poco cuerdos, interesados sólo en incendiar, en echar gasolina al fuego acostumbrados a que las llamas vayan hacia otro lado. Cuidado que el viento cambia, y se puede uno quemar. Como la junta directiva de un club de fútbol no debe posicionarse políticamente, porque el ochenta por ciento de la masa social que mueve al FC Barcelona está, casualmente, fuera de Cataluña. Además, yo antes me sentaría con Leo Messi para preguntarle si prefiere jugar en la liga española o la catalana, si prefiere jugar en agosto previa de la champions o entrar directamente, si jugar una final de copa contra el Gramanet, o contra el Real Madrid, el Valencia, el Atleti…Quizá os pueda sorprender la respuesta, por mucho que lleve al club en el corazón.

Observo a un puñado de críos pataleando, lloriqueando y gritando mientras amenazan con abandonar la casa si no se comen el helado más grande. Porque aquí también tienen su protagonismo los de siempre, los billetes. Y mientras se pelean por el helado, nadie hablará de las monedas que a escondidas le robó a mamá mientras todavía le debía dinero a papá. Seguramente, al gobierno central tampoco le venga mal una nueva temática para desviar atenciones, aunque no sé yo si hubiera imaginado y deseado una cortina de humo tan grande con la que paracen que empiezan a ahogarse.

Se sienten ellos asediados, ocupados por las malvadas fuerzas nacionales y monárquicas que no quieren permitir una votación ilegal. ¡Vaya represión la de aquellos que defienden la ley! Mientras, en el Parlament siguen las puertas cerradas a cal y canto. Votar sí, por supuesto, es lo que quiere el pueblo, pero en las cámaras no se deja votar. No, por Dios, no vaya a ser que los representantes elegidos democráticamente por ese pueblo puedan tomar decisiones que les corten el rollo. Vamos a escondernos, por si la seño nos ve y nos llama la atención. Al mismo tiempo, en silencio, los verdaderos amenazados, los funcionarios, concejales y alcaldes que no quieren saltarse la ley, y ciudadanos de a pie que no quieren romper su país son los que deciden quedarse en casa por lo que pueda pasar fuera. Creedme, doy buena fe de ello.

Y veo que algunos se crispan cuando ven a sus compañeros dirigentes a ser llamados a declarar por la Fiscalía. Qué extraño, alguien que incumple la ley llamado para testificar ¡Pero en qué país vivimos! Aún así, parece que no les ha importado demasiado ya que estos han decidido acogerse a su derecho a no declarar. Sí, un derecho recogido en la misma Constitución, la norma suprema que ellos mismos quieren dilapidar por obsoleta, pero a la que se agarran cuando les conviene. Y escucho también algo incrédulo como alguien tacha a estos dirigentes de “presos políticos”. A estas alturas, creo que es necesario un paréntesis para una breve explicación ya que entiendo que todo el mundo no ha de dominar en la misma profundidad el lenguaje penal. En primer lugar, no son presos, son sólo detenidos, puesto que no han pisado en ningún momento un centro penitenciario. Y en segundo lugar, quizá haya que resaltar el significado en sí de la expresión poniendo un caso práctico. Un preso político no es aquel al que se priva de libertad por cometer un delito a conciencia, como es el caso que nos ocupa. Un preso político es aquel que permanece encarcelado simplemente por sus ideales, como los de Venezuela, por ejemplo. Espero se haya aclarado la diferencia.

¿Pero cabe la opción de que esto se solucione? Porque desconozco si realmente esta pregunta se les ha ocurrido a aquellos que han montado esta desfachatez. Unos porque han disfrazado de democracia un referendum porque sí, porque les apetece, con papeletas de juguete impresas en casa, o en la impresora de Rufián, al que se ve muy dispuesto a colaborar. Otros, quizá porque prefieren el toque de corneta antes que sentarse a hablar de verdad. Y esto se les está yendo de las manos, sobre todo a los que se saltan la ley. Van sobre el lomo de un burro con ojos vendados que va dando coces a diestro y siniestro sólo con oler de lejos cualquier aroma español y desde donde no escuchan ninguna opinión de los mismos catalanes ilustres, democráticos y de izquierdas, que piden a voces parar esta odisea sin sentido, mientras en su tierra se produce una fractura social sin precedentes. Y me da la impresión de que bajarse de ese burro se presenta como salida poco probable, aunque se quiera, porque ha adquirido tal velocidad de galope que la caída parece resultar mortal de necesidad. Quizá lo justo sea que caigan todos con el burro.

La solución no pinta fácil, porque requiere estar a una altura política que a algunos gobernantes les preoduce vértigo. Sentarse a hablar. Cierto es que para eso ambas partes han de querer. Sentarse a hablar, cambiar impresiones, buscar soluciones, modificar la ley si procede, y aprobar una consulta legal que todos apoyaremos. Pero no este esperpento. Ningún español, y mucho menos catalán, se merece esto, un claro menosprecio hacia la mitad del un parlamento elegido por todos ellos, ignorando y tomando por el pito del sereno a una oposición cuyas entendederas están al borde de la epilepsia ante un referendum impuesto por una mayoría que no le es digna, ni moral ni democráticamente. Un referendum debe exigir y requerir mucho más, muchísimo más que un cuarenta y pico por ciento de sentimiento independentista, respetable, sí, siempre que camine dentro de la ley, y con las máximas garantías legales. Y para eso es neceario tener detrás una mayoría considerable, aspecto primordial que saben de sobra que no tienen, de ahí que quieran evitar unas elecciones autonómicas que les sacaría los colores. Así que a ver a dónde les lleva el burro, cuyo final es sin duda preferible a semejante batacazo electoral.

Por eso, siendo andaluz, me siento partícipe de lo que pase en mi pais, porque se escudan en la figura histórica del Condado de Barcelona. Sí, que tampoco os engañen, nunca fue un reino. Para reino el nuestro, el de Granada, y fijate el problema que representamos nosotros para la cohesión social…Suerte que nos guste el pais donde vivimos. Sólo espero que en un futuro, al primer ministro italiano no le de por recuperar la antigua provincia romana de Hispania. Ya hay alguno que siente nostalgia por Al-Ándalus. Qué dios nos pille confesados.

En definitiva, hay que dejar el orgullo de machote a un lado para terminar con esta pesadilla democrática. Dejar las rabietas en casa y pensar en la gente de verdad…uff, no sé yo…me da la impresión de que puedo pedir demasiado. Señores políticos, corren tiempos en lo que lo único que han de desaparecer son las fronteras, no las democracias. Y si resulta que el barça juega la liga de campeones como extranjero, pues me haré del Atleti…

 

 

 

 

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