«

sep 30

Imprimir esta Entrada

Pequeños monstruos: la manía de pisotear al normal.

    pelottavat-varjot

 El que acosa tembién es víctima de lo que le rodea.

    Seguramente me daréis la razón cuando os recuerde que todos hemos compartido clase con el gordito, con el raro, con el cuatro ojos, con el empollón…Eran amigos míos, y símbolos reconocibles de todas nuestras infancias en los que resaltaba una diferencia, unas veces física, otras veces intelectual, y que los separaba de la media para bien o para mal. Pero eran otros tiempos. Existía una picardía aliñada con un humor que a veces parecía demasiado grosero, exceptuando, no lo niego, algunos casos en donde se pasaban los límites, porque como sabemos, becerros hay en todas las granjas. Las descalificaciones, o al menos así lo recuerdo yo, duraban el tiempo justo y necesario para echarse unas risas, porque aquel gordito, o aquel rarito no dejaba de ser tu compañero de clase con el que compartías seis horas al día. Los unos se metían con los otros, a veces más de la cuenta, pero nunca llegando a estos extremos inexplicables (o no tanto) de maldad.

Ahora el objetivo es el menoscabo y la destrucción total, sin miramientos, descargar una ira que surge de lo más profundo contra aquel que le toque, porque sí. Obviamente, tampoco en nuestros tiempos existían las redes sociales, ni los teléfonos móviles para dejar constancia de tal desvergúenza. Porque internet no es el origen del problema, pero sí la herramienta para expulsar los demonios de aquellos que lo necesiten. Parece que resulta clave difundirlo. No basta el insulto o la agresión en sí, ahora es conveniente publicarlo para ir acumulando seguidores como carnaza de trofeos, como adoradores de una pildora que se está volviendo venenosa, y ante la que parece no funcionar ningún antídoto.

Porque el problema de los chavales no está en el colegio, viene de más allá. Así que de poco sirve intentar inculcar valores en jovenes cuyas carencias afectivas saltan a la luz y no tienen origen en ningún centro escolar. El problema viene de casa, donde se sienten apartados, frustrados, malcriados o sobreprotegidos, da igual el nombre que le pongáis. Y eso no se puede solucionar fuera. Eso se traduce en la búsqueda eterna de sentirse el macho alfa ante los suyos, o la hembra dominante, depende del caso; del deseo constante de sentirse aceptados. Y si además, son víctimas de inestabilidades familiares más convulsivas que la frontera de Corea del Norte…por algún sitio tiene que salir. Porque llegan al colegio (o instituto) cual toro de lidia arrastrando el pie hacia atrás preparándose para embestir. Y lo huelen, las risas, la sensibilidad, la complicidad, y no pueden soportarlo, así que arrancan y se lanzan buscando lo que realmente anhelan. No porque el otro sea gordito,o rarito, sino porque es feliz.

También puede influir el hecho de que nuestro sistema educativo se haya empeñado en reunir entre los mismo muros a alumnos de doce años y pico y dieciséis años. Es decir, a niños con adolescentes en plena efervescencia, lo que en ocasiones puede convertirse en una bomba de relojería. Pero yo no soy psicólogo, ni mucho menos experto en educación, y sólo me avala mi experiencia en las incontables horas de recreo, donde realmente nos criábamos. A algunos les podrá servir, a otros, seguramente no.

El niño es un ser vivo. Sí, pero no como una planta. Siente y padece, escucha, observa y actúa. Parece una tontería pero creo que tiene su importancia remarcarlo, porque hay algunos que todavía no lo saben con seguridad. La línea que separa al niño travieso y rebelde del niño sádico y dañino es muy fina, como la fibra óptica que tanto nos facilita la vida en estos tiempos. Una línea que tiembla con una estructura de hogar voluble. Porque los hijos vienen preparados de por sí para tener unos padres, el problema es que no todos estamos cualificados para serlo.

 

Acerca del autor

Manuel Prados

Enlace permanente a este artículo: http://www.manuelprados.es/pequenos-monstruos-la-mania-de-pisotear-al-normal/